
Desde hace tiempo que Woody Allen ha dejado aparcada la influencia freudiana, de diálogos destornillantes sobre las relaciones de pareja, y se ha pasado a la moraleja dostoievskiana, el estudio de la condición humana más vil y exagerada que lleva hasta el asesinato. En otras palabras, que deja la risa y se pone muy serio y asfixiante.
Yo prefiero al Allen neurótico y sarcástico, capaz de invadir Polonia por escuchar a Wagner o salir con una chica 30 años más joven (en la peli digo) mientras queda con su ex-mujer para que no publique un libro en el que le pone de eso, de neurótico atormentado. Prefiero su círculo de intelectuales esnobistas que van a museos, escriben y cenan en sitios newyorkinos de mantel blanco mientras habla del amor adulto. Me gusta este Allen. El otro, el que adapta Crimen y Castigo, me gusta pero no me emociona, me da que pensar pero no me deja grandes momentos para recordar, que al final es lo que cuenta. Por poner otro ejemplo cito a los Hermanos Marx, a quién le importa la ópera si siempre hay una parte contratante de la primera parte con la que poder disfrutar.
Con todo, la historia es perfecta, totalmente creíble. Collin Farrel hace de jugador-alcohólico cobarde y conformista, y Ewan McGregor en el papel de ambicioso sin escrúpulos, más fanfarrón que trabajador.
Pero repito, prefiero ver al entrañable newyorkino balbucear frente a una chica guapa.


