Desde hace un tiempo los periódicos gratuitos se acumulan en los pasos más frecuentados (metros de varias líneas, intercambiadores varios), pero ninguno de los repartidores me había llamado tanto la atención como un chico que reparte la edición de la tarde del ADN. Sus ojos siempre están perdidos en el infinito, como si no se articularan para ver a quién le ofrece la prensa. La reparte sin avalanzarse, no como hacen los de la mañana, parece una subasta y ansían quitarse de en medio la inmensa pila de ejemplares.
Pero este chico, junto a su inmensa pila, los reparte pensando que podría hacer algo más. Yo lo sé, y es rara la sensación de verlo entre la marabunta que regresa a casa. A veces se retuerce sobre sí mismo para evitar chocar con la gente, simplemente alarga el brazo mientras su cabeza se empeña en imaginar otra cosa mejor.
Cada tarde le cojo el periódico para ayudarle a acabar un segundo antes y trato de mirarle a los ojos para descubrir algo. Pero no lo consigo, no hay nada que conocer, no hay nada que deje ver, está atrincherado en su inseguridad.
Ayer no lo vi más, lo habían cambiado por una chica.
Y me alegré por él.
jueves, noviembre 16, 2006
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